APUNTES SOBRE LA BIOLOGIA DE LA TOMA DE RIESGOS DE JOHN COATES

Esto es un resumen de apuntes sacados del libro de John Coates «La Biología de la toma de riesgos», ed. Anagrama (2013) Por favor, si os interesa el tema comprad el libro, vale la pena y tiene mucho más alcance y profundidad que los apuntes siguientes y sucesivos. http://m.casadellibro.com/libro-la-biologia-de-la-toma-de-riesgos/9788433963598/2210004

 

LA BIOLOGIA DE LA TOMA DE RIESGOS. John Coates.

CAPITULO 1. LA BIOLOGIA DE UNA BURBUJA BURSATIL.

La Biología De La Toma De Riesgos (Argumentos)

El exceso de confianza y la hybris que los operadores experimentan durante una burbuja o un racha ganadora no se sienten como resultado de una evaluación racional de las oportunidades, ni como producto de la codicia, sino como derivados de una sustancia química.

Cuando los operadores disfrutan de una larga racha ganadora experimentan una exaltación de poderosas cualidades narcóticas. Hay que entender que los operadores en racha ganadora están bajo la influencia de una droga que tiene el poder de transformarlos en otra persona.

En los años noventa, una o dos personas sugirieron que la exuberancia irracional de los mercados financieros podía estar provocada por una sustancia química. En 1999, Randolph Nesse, psiquiatra de la Universidad de Michigan, formula la valiente conjetura de que la burbuja del puntocom se diferenciaba de las anteriores por la influencia de la ingesta masiva y generalizada de antidepresivos como el Prozac, así como de drogas como la cocaína.

El laboratorio de neurociencia de la Rockefeller University, bajo la dirección de la Dra. Linda Wilbrecht ha llevado a cabo diversos estudios centrados en las hormonas. Y es posible que la molécula del mercado alcista sea una hormona.

Las hormonas son mensajeros químicos que la sangre transporta de un tejido del cuerpo a otro. La mayoría de los sistemas fisiológicos que mantienen nuestro equilibrio químico interno operan de manera preconsciente o, en otras palabras, sin que nos demos cuenta de su existencia.

Pero no siempre podemos mantener el equilibrio interior mediante estas silenciosas reacciones puramente química; a veces tenemos que actuar; a veces tenemos que comprometernos en alguna clase de actividad física a fin de restablecer la homeostasis. Se ha acordado en llamar «sensaciones homeostáticas» a, por ejemplo, el hambre, la sed, el dolor, la necesidad de oxígeno, la apetencia de sal y las sensaciones de calor y de frío. Se las llama sensaciones porque son señales procedentes del cuerpo que transmiten más que simple información, pues llevan también una motivación para hacer algo.

Esto resulta esclarecedor para concebir nuestra conducta como un elaborado mecanismo diseñado para mantener la homeostasis. Sin embargo se ha de puntualizar que las hormonas no son la causa de nuestra conducta. Actúan más bien como lobistas que recomiendan y nos presionan para que adoptemos cierto tipo de actividades, que luego el ser humano sigue o no. Por eso, cuando contemplamos los efectos de las hormonas sobre el comportamiento y sobre la toma de riesgos, en particular la asunción de riesgos financieros, no hemos de ver en ello nada semejante a un determinismo biológico.

Hay un grupo de hormonas que tienen efectos particularmente poderosos sobre nuestra conducta: las hormonas esteroides. Este grupo incluye la testosterona, el estrógeno y el cortisol, la principal hormona de la respuesta al estrés. La particular amplitud de los efectos que ejercen los esteroides se debe a que tienen receptores en casi todas las células del cuerpo y el cerebro. La mayor parte del trabajo de estudio para comprender como funcionan estas hormonas proviene del laboratorio de Bruce McEwen y sus colegas Donald Pfaff y Jay Weiss de la Rockefeffeler University.

Antes de que McEwen comenzara su investigación, los científicos creían en general  que las hormonas y el cerebro funcionaban de la siguiente forma: el hipotálamo, región del cerebro que controla las hormonas, envía una señal a través de la sangre a las glándulas que producen las hormonas esteroides, ya se trate de los testículos, los ovarios o las glándulas suprarrenales, para que incremente la producción de hormonas. Luego las hormonas, inyectadas en la sangre y repartidas por todo el cuerpo, ejercen el efecto esperado sobre tejidos tales como el corazón, los riñones, los pulmones, los músculos, etc. También rehacen el camino de vuelta hasta el hipotálamo, que registra los niveles más altos de hormonas y, en respuesta, encarga a las glándulas que detengan la producción de la hormona. La retroalimentación entre el hipotálamo y las glándulas productoras de hormonas opera de modo muy parecido a un termostato.

McEwen descubrió algo mucho más intrigante. La retroalimentación entre las glándulas y el hipotálamo existe, sin duda, y es uno de los mecanismos más importantes de la homeostasis, pero McEwen descubrió que hay esteroides receptores en regiones del cerebro distintas del hipotálamo. El hipotálamo envía un mensaje a una glándula con la orden de que produzca una hormona; la hormona se expande por todo el cuerpo y produce sus efectos físicos, pero también vuelve al cerebro y transforma nuestra manera de pensar y de comportarnos. Por tanto, es una poderosa sustancia química y psicoactiva. La investigación posterior de McEwen y otros mostró que una hormona esteroide, debido a la dispersión de sus receptores, puede alterar prácticamente cualquier función del cuerpo, del cerebro y del comportamiento.

Las hormonas esteroides evolucionan para coordinar el organismo, el cerebro y la conducta en situaciones arquetípicas, como una pelea, un fuga, la caza, el apareamiento o la lucha por el estatus. Los esteroides, como un sargento instructor, aseguran que el cuerpo y el cerebro actúen en consuno como una única unidad de funcionamiento.

En los momentos de asunción de riesgos, competición y triunfo, momentos de exuberancia, un esteroide en particular hace sentir su presencia y orienta nuestras acciones: la testosterona. Un modelo de conducta alimentado por la testosterona es «el efecto ganador».

Se ha comprobado en animales que una vez decidida una batalla entre dos ejemplares machos, el ganador emerge de ella con niveles aun más altos de testosterona que los inicialmente alcanzado en la preparación de la pelea. El ganador, si entra en una nueva competición , lo hará con la testosterona ya alta, y esta imprimación androgénica lo pone en una actitud tal que le ayuda a salir nuevamente ganador. Sin embargo, en algún momento de esta racha ganadora, el elevado nivel de esteroides comienza a ejercer el efecto opuesto en materia de éxito y supervivencia. A media que los niveles de testosterona suben, la confianza en uno mismo y la toma de riesgos va dando paso al exceso de confianza y a la conducta temeraria.

Este modelo parece describir a la perfección el comportamiento de los operadores cuando el mercado alcista de los año noventa tomo la forma de burbuja tecnológica. A Coates le pareció que el efecto ganador era una explicación plausible del impacto químico que recibían los operadores, impacto que exagera el alza del mercado para convertirlo en una burbuja. Este papel de la testosterona también parecía explicar por qué las mujeres se mostraban relativamente poco afectadas por la burbuja, ya que tienen entre un 10 y un 20% del nivel de testosterona de los hombres.

Si la testosterona parecía tener muchas probabilidades de ser la molécula de la exuberancia irracional, otro esteroide parecía tener las mismas probabilidades de ser la molécula del pesimismo irracional: el cortisol.

El cortisol es la principal hormona de la respuesta de estrés, respuesta corporal al daño o la amenaza. El cortisol funciona conjuntamente con la adrenalina, pero mientras que ésta es una hormona de acción rápida, que produce efectos en cuestión de segundos y tiene una semivida biológica en la sangre de sólo dos o tres minutos, el cortisol contribuye a sostenernos durante un asedio prolongado.

Esta sustancia da la orden de detenerse a todas las funciones de larga duración y elevado coste metabólico, como la digestión, la reproducción, el crecimiento, el almacenamiento de energía y, tras un tiempo, incluso la función inmunológica. Al mismo tiempo empieza a descomponer reservas de energía y enviar a la sangre la glucosa liberada. El cortisol ha organizado una completa actualización de las fabricas del organismos, sustituyendo bienes de ocio y consumo por material de guerra.

En el cerebro, el cortisol, al igual que la testosterona, tiene inicialmente los beneficiosos efectos de aumentar la excitación y agudizar la atención, con el añadido de promover una ligera emoción ante el desafío, pero cuando los niveles de la hormona ascienden y se mantienen elevados, empieza a producir los efectos contrarios y promueve sentimientos de ansiedad, una evocación selectiva de recuerdos perturbadores y una tendencia a ver peligro donde no existe. Las hormonas del estrés crónico y el estrés muy elevado pueden estimular en los operadores financieros y los gestores de activos una rigurosa y tal vez irracional aversión al riesgo.

La investigación que encontró Coates sobre hormonas esteroide le sugirió  la siguiente hipótesis: es probable que, tal como predice el efecto del ganador, en un mercado alcista aumente la testosterona, incrementando la toma de riesgos y exagerando el alza hasta convertirla en una burbuja. Por otro lado, es probable que en un mercado a la baja aumente el cortisol, produciendo en los operadores una espectacular y tal vez irracional aversión al riesgo que exagere la liquidación de valores hasta terminar en un crac. De esta manera, las hormonas esteroides que se acumulan en el organismo de operadores e inversores pueden alterar sistemáticamente las conductas de riesgo durante el ciclo de negocios y desestabilizarlo.

Así pues, para comprender cómo funcionan los mercados financieros necesitamos considerar seriamente la posibilidad de que durante las burbujas y los cracs la comunidad financiera, víctima de niveles crónicamente elevados de esteroides, se convierta en una población clínica.

Nuestro pensamiento sobre la mente, el cerebro y la conducta ha sido moldeado por una poderosa idea filosófica que hemos heredado de nuestra cultura: la de una división radical entre el cuerpo y la mente. Iniciada por Pitágoras, desarrollada por Platón y recogida por San Pablo o Descartes, ha llegado como pensamiento dominante hasta nuestros días.

Hoy el dualismo platónico es ampliamente discutido en filosofía y prácticamente ignorado en neurociencia.  Pero hay un raro dominio en el que aún subsiste una división tan pura de la mente racional y el cuerpo como la concibieron Platón o Descartes: la economía.

Muchos economistas, en especial  los adscritos a la escuela neoclásica, dan por supuesto que nuestra conducta es voluntaria y está orientada por una mente racional. Esto significa que los economistas pueden seguir estudiando el mercado con un subyacente supuesto de racionalidad.

Una razón de esta falta de realismo es, apunta Coates, que la economía neoclásica comparte un supuesto fundamental con el  platonismo, a saber, que la economía debería centrarse en la mente y los pensamientos de una persona puramente racional. En consecuencia, la económica  neoclásica ha ignorado ampliamente el cuerpo.

Si queremos entender cómo adopta la gente sus decisiones, necesitamos reconocer que nuestro cuerpo tiene algo que decir a la hora de asumir riesgos.

Muchos economistas han cuestionado el supuesto de una racionalidad al estilo de Spock, empezando por el economista Richard Thaler, de Chicago, siguiendo por los psicólogos Kahneman y Amos Tversky. Los economistas conductuales han conseguido presentar una descripción más realista de nuestra relación con el dinero. Pero su importante obra experimental podría hoy extenderse sin problemas a la fisiología subyacente al comportamiento económico.

Pensamos con el cuerpo. Sería más riguroso científicamente, aunque semánticamente más difícil, dejar de hablar por completo de cerebro y cuerpo, como si fueran separables, y hablar de respuesta a los acontecimientos que da una persona en su totalidad.

Si comenzáramos a pensarnos de esta manera, veríamos cómo la economía y las ciencias naturales empiezan a fusionarse.

La economía en particular podría beneficiarse de este enfoque, pues necesita poner otra vez el cuerpo en ella. Más que dar por supuesta la racionalidad y un mercado eficiente, deberíamos estudiar la conducta de los operadores y de los inversores reales mucho más al modo en que lo hacen los economistas conductuales, solo que agregando el estudio de la influencia de su biología.

Podríamos sentirnos tentados de responder que el rasgo básico de nuestro cerebro, el más definitorio, es su capacidad para el pensamiento puro. Pero los investigadores en neurociencias han descubierto que el pensamiento consciente, racional, tiene un papel muy poco significativo en el drama de la vida mental. Muchos de estos científicos creen hoy que nos acercamos más a la verdad si decimos que la operación básica del cerebro es la organización del movimiento.

Si el lector aborda la concepción de su cerebro, su cuerpo y su conducta sólidamente inspirado en la idea de estar hecho para moverse, y si deja que esa idea lo penetre, Coates esta dispuesto a apostar que nunca volverá a verse igual. Llegará a comprender por qué sienten tantas cosas como siente, por qué sus reacciones son a menudo tan rápidas que dejan atrás el pensamiento, por qué confía en las sensaciones instintivas, por qué es precisamente en las situaciones más importantes de su vida cuando pierde toda consciencia de una división entre mente y cuerpo y éstos se fusionan.  El verse a sí mismo como una unidad inescindible de cuerpo y cerebro puede implicar un cambio en la comprensión de sí mismo, pero se trata de un cambio liberador.

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APUNTES SOBRE LA BIOLOGIA DE LA TOMA DE RIESGOS DE JOHN COATES (II)

2 respuestas a «APUNTES SOBRE LA BIOLOGIA DE LA TOMA DE RIESGOS DE JOHN COATES»

    1. Es una mención que Coates hace muy secundariamente citando a otro autor. Yo creo que se refiere a que si las hormonas naturales del organismos tienen una gran influencia en la toma de riesgos y otras actividades y conductas humanas, tomar productos que son psicoativos, como el prozac, también lo ha de tener, pero sin que signifique que sean efectos negativos, pues perfectamente podrían ser beneficiosos (por ejemplo evitando una aversión excesiva al riesgo). Te aconsejo leer el libro completo, es buenísimo y apasionante.

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