APUNTES SOBRE LA BIOLOGIA DE LA TOMA DE RIESGOS DE JOHN COATES (II)

Esto es un resumen de apuntes sacados del libro de John Coates “La Biología de la toma de riesgos”, ed. Anagrama (2013) Por favor, si os interesa el tema comprad el libro, vale la pena y tiene mucho más alcance y profundidad que los apuntes siguientes y sucesivos. http://m.casadellibro.com/libro-la-biologia-de-la-toma-de-riesgos/9788433963598/2210004

CAPITULO 2

PENSAR CON EL CUERPO.

De acuerdo con algunas explicaciones evolucionistas, la prehistoria humana fue impulsada por el desarrollo del neocórtex,  que es el nivel racional, consciente, más reciente y más externo del cerebro. Cuando llegó a su plenitud, desarrollamos la capacidad de prever el futuro y escoger nuestras acciones y, con ello, liberarnos de los comportamientos automáticos y de la esclavitud animal respecto de las necesidades corporales inmediata. De este relato se podría fácilmente deducir la importancia cada vez menor del cuerpo en nuestro éxito como especie.

Sin embargo, este relato no es sino un testimonio más del poder que sigue teniendo la antigua idea de una división entre el cuerpo y la mente, según la cual el cuerpo desempeña un papel secundario y en gran medida engañoso en nuestra vida. Se trata de un relato simplista. El cuerpo y el cerebro no evolucionaron por separado, sino conjuntamente. El auténtico milagro de la evolución humana fue el desarrollo de sistemas avanzados de control destinados a sincronizar el cuerpo y el cerebro.

El cuerpo y el cerebro no evolucionaron por separado, sino conjuntamente. El auténtico milagro de la evolución humana fue el desarrollo de sistemas avanzados de control destinados a sincronizar el cuerpo y el cerebro.

En los humanos modernos, el cuerpo y el cerebro intercambian un torrente de información y ese intercambio tiene lugar entre iguales. Tendemos a pensar el cerebro como titiritero y el cuerpo como títere. Es una imagen completamente errónea. La información enviada por el cuerpo es mucho más que meros datos; está cargada de sugerencias, a veces sólo susurradas, a veces transmitidas a gritos, sobre la manera en que el cerebro debiera emplearla. Los más insistentes de estos avisos informativos los experimentamos como deseos y emociones; los más sutiles y difíciles de discernir, como sensaciones instintivas. Si consideramos más detenidamente el diálogo entre el cuerpo y el cerebro apreciaremos adecuadamente la importancia decisiva de la contribución del cuerpo a la toma de decisiones y, en especial, a la asunción de riegos.

La información enviada por el cuerpo es mucho más que meros datos; está cargada de sugerencias, a veces sólo susurradas, a veces transmitidas a gritos, sobre la manera en que el cerebro debiera emplearla.

Daniel Wolpert, ingeniero y neurocientífico de la Universidad de Cambridge llegó a la conclusión de que si no tenemos que movernos no necesitamos un cerebro. El cerebro es fundamentalmente práctico, su papel principal no estriba en ocuparse del pensamiento puro, sino en planificar y ejecutar el movimiento físico. El pensamiento se entiende mejor como planificación.

En consecuencia, para comprender el cerebro es preciso comprender el movimiento, lo que ha resultado ser mucho más difícil de lo que nadie hubiese imaginado. Hasta el más simple de los movimientos humanos implica una pasmosa complejidad. Steven Pinker señala que el acto aparentemente simple de dar un paso es en realidad una hazaña técnica que nadie ha logrado explicar hasta ahora.

Tendemos a pensar que las medallas de oro por logros físicos corresponden al reino animal en todos los campos. Pero tenemos que enfocar la cuestión desde otro punto de vista. Porque lo que es verdaderamente extraordinario de los seres humanos es su facilidad para aprender movimientos físicos que en cierto sentido no son naturales: bailar, tocar un instrumentos, esquiar, etc. Ningún animal puede hacer nada parecido.

No podemos evitar preguntarnos como hemos desarrollado este genio físico, cómo hemos aprendido a movernos como los dioses. Eso fue posible porque desarrollamos el tamaño del cerebro. Y junto con el cerebro más grande llegaron movimientos físicos cada vez más sutiles y conexiones cada vez más densas con el cuerpo.

La evolución del neocórtex se produjo conjuntamente con la de un tracto corticoespinal, que es el haz de fibras nerviosas que controlan la musculatura del cuerpo. Y el mayor tamaño del neocórtex y de los nervios con él relacionados permitieron un tipo nuevo y revolucionario de movimientos: el control voluntario de los músculos y el aprendizaje de nuevas conductas.

Sin embargo, también hubo otra región del cerebro que creció en realidad más que el neocórtex y contribuyó a hacer posibles nuestras proezas físicas: el cerebelo. El cerebelo acumula los recuerdos de como se hacen cosas tales como andar en bicicleta o tocar la flauta, así como programas para movimientos rápidos y automáticos. Pero el cerebelo es una parte extraña del cerebro, porque parece añadida, casi como si se tratara de otro pequeño cerebro independiente. Y en cierto modo lo es, porque el cerebelo actúa como un sistema operativo para el resto del sistema nervioso. Realiza operaciones neurales con mayor rapidez y mayor eficiencia, de modo que su contribución al cerebro se parece mucho a la de un chip extra de RAM agregado a una computadora. Donde el cerebelo desempeña de modo más notable este papel es en los circuitos motores de nuestro sistema nervioso, pues coordina las acciones físicas, les da precisión e instantaneidad. Cuando el cerebelo no funcional bien, que es lo que ocurre cuando estamos borrachos, por ejemplo, aun podemos movernos, pero nuestras acciones se vuelven lentas y descoordinadas. Lo curioso es que el cerebelo organice la ejecución del propio neocórtex.

El movimiento requiere energía, lo que significa que el cerebro tiene que organizar no sólo el movimiento propiamente dicho, sino también las operaciones de soporte de los músculos. Tiene que organizarla búsqueda y la ingestión de combustible, tiene que mezclar el combustible con oxígeno para poder quemarlo, regular el flujo de sangre a fin de hacer llegar este combustible y este oxígeno a las células de todo el cuerpo, tiene que enfriar el motor antes de que la combustión lo recaliente; y, por último, tiene que expulsar el dióxido de carbono sobrante de la quema de combustible.

El significado de estos simples procesos propios de la ingeniería es que los pensamientos están íntimamente ligados a la fisiología. Todos los pensamientos que implican la elección de una acción implican también la transmutación caleidoscópica de un estado corporal en otro. La elección es una experiencia del cuerpo entero.

Cada vez que tomamos la decisión de asumir riesgos se producen toda una serie de cambios físicos. La información necesaria provoca una fuerte respuesta corporal: inspiramos profundamente, el estómago se nos hace un nudo y los músculos se tensan, etc. El hecho de que esta información pueda provocar una fuerte reacción corporal e incluso, en caso de crear incertidumbre y estrés, dar lugar a enfermedades físicas, nos está diciendo algo importante acerca de nuestra constitución. No registramos la información como lo haría un ordenador, fríamente, sino que reaccionamos a ella de forma física. El cuerpo y el cerebro se aceleran y se desaceleran conjuntamente.

La idea fundamental es que cuando afrontamos situaciones que presentan una novedad, incertidumbre, una oportunidad o una amenaza, sentimos lo que sentimos debido a los cambios que se producen en un cuerpo que se preparar para el movimiento.

Cada vez que tomamos la decisión de asumir riesgos se producen toda una serie de cambios físicosNo registramos la información como lo haría un ordenador, fríamente, sino que reaccionamos a ella de forma física. El cuerpo y el cerebro se aceleran y se desaceleran conjuntamente.La idea fundamental es que cuando afrontamos situaciones que presentan una novedad, incertidumbre, una oportunidad o una amenaza, sentimos lo que sentimos debido a los cambios que se producen en un cuerpo que se preparar para el movimiento.

El estrés es un ejemplo perfecto. Los aspectos desagradables y peligrosos de la respuesta de estrés -malestar de estómago,  hipertensión  sanguínea, elevados niveles de azúcar en sangre, ansiedad- deberían entenderse como la preparación gastrointestinal, cardiovascular, metabólica y de atención al esfuerzo físico inminente. Hasta las sensaciones instintivas deberían considerarse bajo esta luz, pues son mucho más que meras corazonadas, son cambios que se producen en el cuerpo cuando prepara una respuesta física adecuada, ya se trate de pelear, huir, celebrar algo o lamentarse en busca de alivio. Y puesto que en el momento de emerger, el movimiento tiene que tener la velocidad del rayo, estas sensaciones viscerales se generan con gran rapidez a menudo antes de que la conciencia sea capaz de detectarlas, y se transmiten a las distintas partes del cerebro, de lo cual tenemos apenas un conocimiento oscuro y difuso.

Para estar unidos de esta manera, el cuerpo y el cerebro deben mantener un diálogo permanente, proceso que se conoce como homeostasis. Niveles de oxígeno, frecuencia cardiaca, presión arterial, temperatura corporal, niveles de azúcar en sangre, deben mantenerse dentro de un determinado rango. Para ello es grandísima la cantidad de señales corporales que procesa el cerebro y que llegan de prácticamente de cada tejido, cada músculo y cada órgano.

Gran parte de esta regulación corporal es una tarea asignada a la zona más antigua del cerebro,  acertadamente conocida como cerebro reptiliano, y en particular a la zona de éste llamada tallo o tronco cerebral. El tallo cerebral actúa a modo de sistema de soporte de la vida del cuerpo. A medida que los animales evolucionaron, el sistema de circuitos nerviosos que unen al cerebro órganos viscerales tales como los intestinos y el corazón se fue haciendo cada vez más complejo. El cerebro creció en complejidad y con ello se produjo una mayor capacidad de regulación del cuerpo.

Los humanos ejercieron aun más control de su cuerpo que los mamíferos inferiores. Este desarrollo se refleja en un sistema nervioso más desarrollado y en un diálogo más extendido y animado entre el cuerpo y el cerebro. Además del neocórtex y el cerebelo, hay otras dos zonas en el cerebro que también tuvieron un desarrollo relativamente mayor en los humanos, y lo más notable es que se trata de dos regiones con funciones en el control homeostático del organismo: el hipotálamo y la amígdala.

La amígdala asigna significado emocional a los acontecimientos. Sin la amígdala veríamos el mundo como una colección de objetos desprovistos de interés. Es la región clave para el registro del peligro en el mundo exterior y la que inicia la serie de cambios físicos conocidos como “respuesta de estrés”. También registra signos de peligro procedentes del interior del cuerpo, como la agitación de la respiración o la frecuencia cardíaca, signos que también pueden disparar una reacción emocional.

Bud Craig, fisiólogo de la Universidad de Arizona ha trazado un mapa de los circuitos nerviosos responsables de un fenómeno notable conocido como interopcepción, que es la percepción del mudo físico interior. Estas sensaciones internas pueden llegar a hacerse conscientes, como ocurre con el hambre, el dolor, la distensión estomacal o intestinal, pero muchas de ellas, como los niveles de sodio, o la activación del sistema inmune, se mantienen en gran parte inconscientes. Sin embargo, esta información difusa que fluye desde todas las regiones del cuerpo es la que nos proporciona la sensación de bienestar o de malestar.

La información interoceptiva es recogida por un bosque de nervios que retornan al cerebro desde todos los tejidos del cuerpo y viaja por los nervios que alimentan la espina dorsal o por la gran autopista de un nervio, llamado vago, que va del abdomen al cerebro reuniendo información del intestino, el páncreas, el corazón y los pulmones. Toda esa información se canaliza luego a través de diversos centros de integración, es decir, de regiones cerebrales que reúnen sensaciones individuales aisladas y las integran en una experiencia unificada, para terminar en un región del córtex llamada ínsula, donde se forma algo así como una imagen del estado del cuerpo en su totalidad. Craig concluyó, primero, que las vías que conducen a la ínsula sólo están presentes en los primates y, después, que la conciencia del estado general del cuerpo sólo se encuentra en los seres humanos.

Finalmente, y es lo mas controvertido, Craig, junto con otros científicos como Antonio Damasio y Antoine Bechara, ha sugerido que las sensaciones instintivas y las emociones, la racionalidad e incluso la conciencia de uno mismo, deberían considerarse la herramientas más avanzadas que surgieron en el curso de la evolución para ayudarnos a regular el cuerpo.

Con el progreso de la evolución, el cuerpo y el cerebro se fueron entrelazando en un abrazo cada vez más estrecho. El cerebro enviaba fibras que entraron en contacto con todos los tejidos del cuerpo, asegurando así el control del corazón, los pulmones, los intestinos, la arterias y las glándulas, refrescándonos cuando hacía calor y calentándonos cuando hacía frío; y el cuerpo, a su vez, devolvía mensaje tras mensaje al cerebro para darle a conocer sus deseos y necesidades y para sugerirle cómo debía comportarse. De esta manera, la retroalimentación entre el cuerpo y el cerebro se fue haciendo cada vez más compleja y extensa, nunca menos. No hemos desarrollado el cerebro para adaptarlo a un cuerpo atrofiado como el que vemos en las películas de ciencia ficción. El cerebro creció para controlar un cuerpo más complejo, un cuerpo capaz de usar una  espada como Alejandro, tocar el piano como Glenn Gould, dominar una raqueta de tenis como John McEnroe o realizar intervenciones quirúrgicas cerebrales como Wilder Penfield.

Hoy consideramos el cuerpo una eminencia gris que , detrás del cerebro, ejerce presión en los puntos y los momentos exactos, a fin de ayudarnos a preparar los movimientos. Pasito a pasito se está restañando la antigua herida abierta entre la mente y el cuerpo. Y el hacerlo nos ayuda a comprender de qué manera cooperan el cuerpo y el cerebro en momentos decisivos de la vida, como la asunción de riesgos, incluidos los riesgos financieros.

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