APUNTES SOBRE LA BIOLOGIA DE LA TOMA DE RIESGOS DE JOHN COATES (III)

Esto es un resumen de apuntes sacados del libro de John Coates “La Biología de la toma de riesgos”, ed. Anagrama (2013) Por favor, si os interesa el tema comprad el libro, vale la pena y tiene mucho más alcance y profundidad que los apuntes siguientes y sucesivos. http://m.casadellibro.com/libro-la-biologia-de-la-toma-de-riesgos/9788433963598/2210004

CAPITULO 3

LA VELOCIDAD DEL PENSAMIENTO.
Nuestra evolución se produjo en un mundo en el que con frecuencia se precipitaban sobre nosotros objetos peligrosos a toda velocidad. La velocidad de las reacciones necesarias para sobrevivir debe permitir que esas reacciones quepan en el marco temporal de una brevedad difícilmente imaginable para nuestra mente consciente.Hoy las cosas no son muy diferente, por ejemplo, en el deporte, en la guerra o en los mercados financieros.

La velocidad que se exige a nuestras reacciones físicas en la vida salvaje, en los deportes, en la carretera e incluso en los mercados financieros, plantea perturbadores interrogantes cuando se los considera conjuntamente con determinados descubrimientos de la neurociencia.

Por ejemplo, la sorprendente lentitud de nuestro sistema visual. Cuando la luz impacta nuestra retina, es preciso traducir los fotones en una señal química y luego en una señal eléctrica que pueda ser transportada por las fibras nerviosos. La señal debe viajar luego hasta una zona posterior del cerebro, conocida como córtex visual, y volver a proyectarse hacia delante por dos vías separada, una que procesa la identidad de los objetos que vemos, la corriente del «qué», como la denominan ciertos investigadores, y otra que procesa la localización y el movimiento de los objetos, la corriente del «donde». Después de estas corrientes deben combinarse para formar una imagen unificada. Sólo entonces esta imagen emerge en la conciencia. Todo el proceso es de una sorprendente lentitud, pues dura una décima de segundo completa. Semejante demora, aunque breve, nos deja constantemente a la zaga de los acontecimientos.

Los neurocientíficos han descubierto otro problema. El cerebro, en vez de filmar una escena visual, ha adoptado la táctica de tomar una muestra a partir de ella. Nuestros ojos se centran en una pequeña sección del campo visual, toman una instantánea, luego saltan a otro lugar, toman otra instantánea y rápidamente vuelven a saltar, de modo muy parecido a lo que hace un colibrí que revolotea de flor en flor. El sistema visual deja de enviar imágenes a la conciencia mientras salta de una escena a otra. No somos consientes de estos saltos y estos apagones intermedios porque el cerebro hace de estas imágenes un tejido sin costuras, formando así algo que se nos presenta como una película.

¿Cómo podemos los humanos sobrevivir en un mundo brutal y que muta a toda velocidad si cuando nuestra consciencia hace su aparición el acontecimiento ya no existe?. El hecho de hacernos esta pregunta permite ver dónde está el error de la idea que tienen del cerebro muchos filósofos, economistas y, tal vez, nuestro propio sentido común, según la cual este órgano es un procesador central que recibe información objetiva de los sentidos al modo de una cámara, para luego procesarla racional, consiente y discursivamente y decidir sobre la acción adecuada o deseada, y finalmente emitir  órdenes motoras a los músculos.

Toda información sensorial nos llega alterada. Es filtrada, manipulada e interpretada previamente con el objetivo de llamar nuestra atención, facilitarnos la comprensión y desencadenar nuestras reacciones.

El ojo y el cerebro hacen una infinidad de trampas para acelerar nuestra comprensión del mundo. Nuestra retina tiende a enfocar el borde delantero de un objeto en movimiento para ayudarnos a seguirlo. Procesamos más información en la mitad inferior del campo visual, porque normalmente hay más cosas que ver en la tierra que en el cielo. Agrupamos los objetos en unidades de tres o cuatro a fin de percibir su número sin necesidad de contarlos.

También es posible acelerar nuestro tiempo de reacción confiando más en el oído que en la vista. El oído es más rápido y más agudo que la vista en un 25%, y responder a una señal auditiva con preferencia a una visual puede ahorrarnos hasta 50 milisegundos. La razón de esto es que los receptores auditivos son mucho más rápidos y más sensibles que nada existente en el ojo.

La investigación en psicología experimental ha descubierto que la agudeza perceptiva y los niveles generales de atención aumentan a medida que intervienen más sentidos. La explicación que se ha intentado dar de estos hallazgos es que la información que llega de dos o más sentidos y no de uno solo, aumenta la probabilidad de que se refiera a un acontecimiento real, de modo que el cerebro lo toma más en serio. En otros tiempos, muchos parqués pudieron haber disfrutado de este fenómeno sin saberlo, porque tenían una conexión interna que los conectaba con la sección de futuros, donde un locutor informaba sobre los precios de futuros sobre bonos. El añadido de un segundo sentido pudo haber sido una manera efectiva de agudizar la atención y las reacciones entre los operadores.

Pero el cerebro, cuando urgen reacciones rápidas, deja íntegramente de lado la conciencia y pasa a depender de los reflejos, la conducta automática y lo que se llama «procesamiento preatencional». El procesamiento preatencional es un tipo de percepción, toma de decisión e iniciación de movimientos que se produce sin consulta alguna con el cerebro consciente e incluso antes de que éste se aperciba de lo que está sucediendo.

¿A qué características del mundo se dirige nuestra preatención? Todavía no tenemos una respuesta completa a esta pregunta, pero sabemos algunas cosas. Prestamos atención preconsciente a objetos móviles, en especial si son animados. Tenemos una fuerte inclinación a prestar atención auditiva a las voces humanas y atención visual a los rostros. El pensamiento preconsciente puede afectar a las órdenes motoras para producir acciones relejas y conductas automáticas.  Uno de estos reflejos es nuestra respuesta de sobresalto.

Un principio básico presente en nuestros reflejos y conductas automáticas es que cuanto más nos elevamos en  la evolución del sistema nervioso, pasando de la espina dorsal al tronco cerebral y al córtex, más neuronas intervienen, más largas son las distancias que cubren las señales nerviosos y más lenta es la respuesta. Por tanto, para aumentar la velocidad de las reacciones, el cerebro trata de delegar el control del movimiento, una vez aprendido, a las regiones inferiores del cerebro, donde se almacenan los programas de acciones irreflexivas, automáticas y habituales.

Esto último apoya la antigua idea según la cual cuando el aprendizaje está en sus comienzos somos inconscientes de nuestra incompetencia, para pasar a una fase en la que tomamos conciencia de ella; luego cuando comienza el entrenamiento, pasamos a la competencia consciente, y cuando dominamos nuestra nueva habilidad llegamos al punto final del entrenamiento, que es el de la competencia inconsciente. Pensar, podríamos decir, es algo que hacemos cuando no somos suficientemente hábiles en una actividad.

Una última puntualización. Por rápidas que san, estas reacciones automáticas no parecen lo suficientemente rápidas como para afrontar los retos de gran velocidad a los que hemos de hacer frente, y por tanto es posible que lleguemos ligeramente tarde, por así decir. El problema de estas reacciones es, precisamente, que son reacciones. Por ello, la anticipación cualificada es decisiva para disminuir los tiempo de reacción en nuestra fisiología.

En realidad, tal es la rapidez de nuestras reacciones que con frecuencia la conciencia queda desconectada.  Entonces ¿qué papel le corresponde a la conciencia en nuestra vida? Vivimos nuestra conciencia como algo que tiene su sede en nuestra cabeza y que mira a través de los ojos a la manera en que un conductor mira a través del parabrisas, así que tendemos a creer que nuestro cerebro interactúa con el cuerpo exactamente como una persona interactúa con  un coche. George Loewenstein, economista de Yale, dice: «Más allá de la fiable introspección, existen escasas pruebas que sostengan el supuesto normal del total control voluntario de la conducta.» Y tiene razón, pues las estadísticas sobre los tiempos de reacción nos dicen otra cosa: que la mayor parte del tiempo funcionamos con el piloto automático.

Benjamin Libet, fisiólogo de la Universidad de California concluyo tras una serie de experimentos, que la conciencia es mera observador de un decisión que ya ha sido tomada, casi como si mirásemos un vídeo. El papel de la conciencia podría no ser tanto el de escoger e iniciar acciones como el de observar decisiones ya tomadas y vetarlas. V.S. Ramachandran, neurocientífico indio, concluye que lo que tenemos en realidad no es libre albedrio o libertad de querer, sino libertad de no querer.

La conciencia, al parecer, es el pequeño pico emergente de un gran iceberg.

La neurociencia moderna ha levantado la tapa del cerebro, hasta ahora críptico, y ha encontrado algo mucho más valioso que los entes que proponía la filosofía alemana del siglo XIX, a saber, un mecanismo de control meticulosamente diseñado. Es más valioso porque ha sido calibrado con precisión a lo largo de  milenios para mantenernos vivos en un mundo brutal y en rápido movimiento. Y podemos dar las gracias por ello a nuestra buena suerte, pues de lo contrario ya llevaríamos mucho tiempo extinguidos. Al levantar la tapa de nuestro cerebro no se nos aparece el submundo kantiano imposible de enunciar, no la volcánica voluntad del superhombre nietzcheano, ni tampoco el infernal refugio subterráneo del inconsciente freudiano. Lo que se ve se parece mucho más al funcionamiento de un BMW.

Con frecuencia los operadores financieros afrontan retos veloces que exigen una respuesta igualmente veloz. Es normal que los operadores se vean constreñidos por el tiempo y que cuando toman una decisión y ejecutan un negocio dejan pasar por alto la racionalidad consciente y confian en las reacciones automáticas. Esto es particularmente cierto cuando los mercados despiertan al sopor que los invade y comienzan a moverse rápidamente.

Este simple hecho acarrea inesperadas implicaciones para la economía. A menudo no se tiene en cuenta que, en las finanzas, la toma de decisión es mucho más que una actividad cognitiva. También es una actividad física y exige ciertas características físicas. Puede ser útil prestar atención a operadores de elevado cociente intelectual y gran intuición para el valor de las acciones y los bonos, pero si se carece de apetito de riesgo no actuarán de acuerdo con sus puntos de vista y padecerán el destino de Casandra, que podía predecir el futuro, pero no podía modificar su curso. E incluso si tienen una buena opción de compra en el mercado y un saludable apetito de riesgo, pero los coarta la lentitud de sus reacciones, quedarán siempre un paso atrás respecto del mercado y no sobrevivirán en su mesa de operadores ni en ningún otro lugar del mundo financiero.

Por tanto, los operadores requieren una batería de rasgos personales: un cociente intelectual lo suficientemente alto y la educación necesaria para comprender los elementos básicos de la economía, un voraz apetito de riesgo y una ambición desbordante. Pero también necesitan la constitución física adecuada. Han de ser capaces de dedicarse durante períodos prolongados, horas seguidas, a lo que se llama exploración visiomotora, es decir, el escrutinio de las pantallas en busca de anomalías de precios. Esta exploración requiere concentración y resistencia, y no cualquiera está en condiciones de realizarla. Y una vez identificada un discrepancia de precios, p.ej., un operador debe moverse rápidamente para comerciar con estos precios antes que ningún otro.

La naturaleza física de esta tarea es aún más evidente en la bolsa de valores o en el de bonos y materias primas del Chicago Board of Trade,  mercados con operadores físicamente presentes en el parqué, donde el trabajo de un operador financiero puede asemejarse a pasar un día entero en un ring.

Otra manera de operar que exige un esfuerzo físico extenuante es lo que se conoce como comercialización de alta frecuencia. Por regla general, cuanto más breve es el periodo de tenencia para un estilo de operación, mayor es la necesidad de reaccionar con rapidez para los operadores.

Dicho esto, sin embargo, hay buenas razones para pensar que, hasta cierto punto, el aspecto físico de las operaciones financieras está en vías de desaparición. Cada vez son más las actividades que se llevan a cabo por medios electrónicos. Hoy en día quedan pocos mercados físicos de valores, con sus tumultuosos parqués y la ejecución de los negocios cara a cara. La misma evolución ha empezado a producirse en el mercado de bonos y divisas de los bancos.

Quizá la mayor amenaza a la que se enfrenta el operador humano sean los algoritmos de negociación informatizada conocidos como cajas negras. El advenimiento y la insidiosa expansión de las cajas negras han comenzado a expulsar a los humanos de su nicho ecológico en el mundo financiero. Estos ordenadores, respaldados por equipos de matemáticos, ingenieros y físicos (los llamados quants) y miles de millones de capital, operan a una escala temporal inimaginable para un atleta de élite. Una caja negra puede recibir un amplio conjunto de datos de precios y analizarlo en busca de anomalías o modelos estadísticos en menos de 10 milisegundos. La velocidad con la que se opera en los mercados son tales que hasta la localización física de un ordenador afecta al éxito de un negocio.

Muchas de estas cajas son las llamadas cajas «de mera ejecución». Este tipo de cajas no busca negocios, si no que se limita a mecanizar su ejecución. En esta tarea, las cajas son excelentes. Pueden incorporar un enorme paquete de valores y venderlo por piezas aquí y allá, con lo que minimizan el efecto sobre los precios. Someten a prueba las aguas, en busca de piscinas profundas de liquidez, práctica conocida como pinging, exactamente como un sonar que busca las profundidades. Cuando descubren grandes ofertas de precio ocultas bajo la superficie de los precios existentes, ejecutan una parte del negocio. De esta manera pueden mover enormes paquetes de valores sin agitar el mercado. En este negocio, las cajas de este tipo operan con mucha mayor eficiencia que los seres humanos, pues son más rápidas y más hábiles.

Otras cajas van más allá de la simple ejecución: piensan por sí mismas. Con el empleo de afiladas herramientas matemáticas con los algoritmos genéticos, ahora las cajas pueden aprender. Su éxito ha llevado a un crecimiento exponencial del capital que las respalda, y hoy las cajas son mayoritarias en el negocio financiero por el volumen que ocupan en las bolsas de valores más importantes y se están extendiendo a los mercados de divisas y de bonos. Su creciente predominio es uno de los cambios más importantes que jamás hayan tenido lugar en los mercados.

Ciertos observadores informados creen que el tiempo de los operadores humanos ha pasado.

Sin embargo otros observan con optimismo que los operadores humanos son más flexibles que la caja negra, que aprenden mejor, sobre todo en lo que respecta a la formación de opiniones a largo plazo sobre el mercado, y por eso siguen siendo más rápidos en muchas circunstancias.

Las estadísticas publicadas a raíz de lo ocurrido en la crisis de crédito 2007-2008, sobre el rendimiento de los fondos nos dan el siguiente resultado: en negociación de alta frecuencia, los seres humanos y las máquinas empatan, pues unos y otras consiguen cantidades históricas de dinero; en la predicción de precios a medio plazo, o en otras palabras, de segundos a minutos, los seres humanos aventajan ligeramente a las cajas; pero en la predicción a medio y largo plazo, de minutos a horas o días, los seres humanos superan sin duda a las cajas, porque sólo ellos entienden las implicaciones de las decisiones políticas que adoptan los bancos centrales y los funcionarios del tesoro.

Sea cual fuere el resultado de esta batalla, el panorama financiero en el que los tomadores humanos de riesgo realizan sus búsquedas se ha transformado para siempre debido a la llegada de esas máquinas. Los gobiernos y los reguladores temen esos cambios.

Sin embargo, se puede considerar el fenómeno como una liberación de la asunción de riesgos. Las máquinas nos permiten descomponer la actividad o el negocio en sus elementos constitutivos y enviarlos a la persona o la máquina más adecuada. Los papeles de juicio y de velocidad se han ido separando cada vez más, en especial en los fondos de cobertura (Hedge funds). Hasta el propio apetito de riesgo puede ser eliminado del operador y puesto en manos del gestor del parqué. La tecnología puede expiar la maldición de Casandra.

Además, si se eliminaran los requisitos físicos de la operación financiera, tal vez el campo de juego de las finanzas se nivelaría de tal manera que dejaría de ser predominante la presencia de hombre jóvenes.

Es posible que del cuadro del futuro que se acaba de esbozar se desprenda un malentendido. Podríamos sentir la tentación de creer que nuestro cuerpo llegará a desempeñar un papel secundario cada vez menos importante en la toma de riesgos financieros. No creo que tal cosa suceda.

El cuerpo seguirá siendo decisivo para el éxito en los mercados, porque nos provee de lo que quizá sean los datos más importantes que dan forma a nuestras opciones de mercado: nuestras sensaciones instintivas. La investigación reciente en fisiología y neurociencia ha descubierto que las sensaciones instintivas son más que materia de leyenda, que son auténticas entidades fisiológicas. Las sensaciones instintivas surgen de un ejercicio masivo de información-recolección conducido por el cuerpo. Y el cuerpo, como veremos, sigue siendo la caja negra más avanzada que jamás se haya creado.

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